Cuando seamos viejos. Opinión. La Vanguardia (Susana Quadrado). 06/05/10
Comentario de Jubilarse en Casa:
“El choque con la realidad nos obliga a buscar soluciones que muchas veces requieren de unos recursos económicos inexistentes o insuficientes. Esa es la función de la Hipoteca Inversa, devolver la autonomía económica a los mayores para que puedan Jubilarse en Casa. Y esa opción les permite mejorar su calidad de vida y les confiere protagonismo en la decisión sobre el tipo de asistencia que requieren. Es recomendable considerar esta opción con tiempo y bien informados”
Reproducción del Artículo (enlace aquí)
“Debemos planificar la vejez a largo plazo: dónde queremos vivir y cómo pagaremos nuestra (in)dependencia
El otro día, en las páginas de Cartas de los Lectores de este diario, venía un extracto conmovedor sobre la experiencia de una mujer a la que, ya de vieja, sus hijos decidieron ingresar en un geriátrico. La firmaba María Isabel Cañabate. Relataba cómo esa mujer, cuyo nombre no desvelaba, se había ido consumiendo en sólo dos meses. A una repentina pérdida de peso le siguió la pérdida del apetito, y luego la muerte. Con un “descanse en paz” cerraba la carta. No sabemos qué relación unía a María Isabel con la protagonista de la historia. Sólo dejaba sugerido que murió de pena. Tal fue la carga emocional de ese escrito, que durante días motivó un intercambio de opiniones sobre una cuestión muy nuestra: ¿qué hacemos con nuestros padres cuando ya no pueden valerse por sí mismos? El dilema es doble y descubre un conflicto intergeneracional: de los hijos hacia los padres y de los padres hacia los hijos.
La respuesta no puede ser unívoca. Es un grandísimo depende. Depende de cada caso. Dicen que la vejez puede ser una etapa maravillosa si uno sabe torear física y emocionalmente los achaques, y convierte las limitaciones en placidez contemplativa. Lamentablemente, la realidad es otra para muchos. El punto de inflexión lo marca la enfermedad y, por supuesto, la economía familiar.
El ingreso en un geriátrico no debería interpretarse como un abandono de los hijos hacia los padres cuando se da en dos casos: si es querido por el anciano o bien si es la única solución asistencial posible ante una enfermedad incapacitante. Lo deseable es que los viejos dependientes estén en su casa, y subrayo el adjetivo posesivo. En su casa, no en la de los hijos. Eso supone, sí, meter en su vida a una persona que él o ella verá como un intruso, pero no hay duda de que acabará aceptándola: eso le permitirá seguir con sus recuerdos y, ¡ah!, administrar su tiempo.
Sociológicamente, han cambiado demasiadas cosas en la familia para seguir creyendo que los esquemas del pasado siguen siendo válidos. Bajo un mismo techo ya no conviven abuelos, hijos y nietos. Las costumbres varían, pero persisten los estigmas educacionales. También la situación de la mujer es distinta: son legión las mujeres (así, en femenino) que tienen que cuidar a la vez a sus padres y a sus hijos cuando apenas tienen tiempo para sí mismas, sin descanso. ¿Cómo se puede asumir una responsabilidad que no se puede ejercer? La estima a los padres no debería implicar renuncias personales inasumibles ni ser vivida como un sacrificio por ninguna de las partes.
En otros países son más sabios, porque cada uno planifica a largo plazo su vejez y deja escrito dónde quiere vivir y cómo pagará los costes si irrumpe una enfermedad. Papá Estado no vendrá a socorrernos como ocurre en el norte de Europa, con un abanico y una calidad de servicios (pisos tutelados, por ejemplo) con los que aquí no podemos ni soñar.”

